"El alma desordenada lleva en su culpa la pena."
Aunque J era libre de nuevo, la muerte de Frimi encerró su alma en el más profundo de los infiernos. Aquel maravilloso e inocente ser había muerto por su culpa, por su tremenda estupidez. Nunca, NUNCA, bajo ninguna circunstancia, debió arriesgar la vida de Frimi.
Después de vagar dos días entre árboles y lágrimas por un lugar desconocido vislumbró una pequeña cabaña con forma de bota gigante cerca de una diminuta pero bellísima cascada. Se arrastró hasta allí, se secó las lágrimas, se limpió los mocos con la manga izquierda, llamó a la puerta y se dejó caer al suelo, ya sin fuerzas, rezando porque alguien saliese a ayudarle.
Nadie salió.
J gateó hasta la pequeña cascada, bebió un poco de agua y se quedó dormido.
Cientos, miles de pequeños seres con verdes trajes le señalaban gritando.
- ¡Asesino! ¡Criminal!
- Fue un accidente - respondía J llorando, muerto de miedo -. Juro que no sabía lo que iba a pasar.
- ¡Asesino! - obtenía como única respuesta.
Una diminuta mujer agarró una enorme piedra del suelo y la lanzó contra J.
- ¡Ah!
- ¿Pesadillas?
Una persona de aspecto indefinible preparaba algo de espaldas a J, moviendo los brazos a gran velocidad. El chico estaba tumbado en una cama de paja, sudando, muy asustado y algo confuso.
- Sí.
- Como decía mi abuelo, "Gran descanso es estar libre de culpa". Cuéntame, ¿qué crees que has hecho?
J quedó asombrado ante tan rápido diagnóstico.
- Algo horrible y, desgraciadamente, irreversible. Debí pudrirme en esa celda. Eso habría sido lo justo.
- Tu equivocación es múltiple, amigo.
La mitad del cuerpo de aquel sabio personaje se giró para mirar a J.
- Nada es tan horrible. Precisamente porque todo es reversible, al menos en este universo. Y bien sabes que tu destino no era pudrirte en esa celda.
J se levantó corriendo y, postrándose a los peludos pies de aquel "hombre", imploró llorando:
- Por favor, dime cómo puedo deshacer lo que he hecho. Por favor...
Tres brazos lo levantaron del suelo con facilidad mientras una mano le acariciaba la cabeza.
- Debes dormir. Tranquilo. Te ayudaré cuando estés preparado. Ahora descansa.
Los brazos colocaron a J en la cama con cariño y lo arroparon. El joven cayó dormido de forma casi instantánea.
- Mañana será otro día - dijo el sabio con una sonrisa en la mitad izquierda de su boca.
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