25 de febrero de 2009

Capítulo XII: Oibás y el mapa


- Tranquilo J, era sólo una flecha impregnada en
etnacirbul, pero apenas traspasó tu piel.

J, que áun estaba tumbado, miró hacia su pecho y comprobó que sólo tenía un rasguño. Se incorporó un poco, apoyando su codo en el suelo. Le costó enfocar la imágen pero finalmente vió con claridad las caras de sus amigos, eso le tranquilizó. Luego fijó su mirada en la figura que le había hablado, dejando caer su labio inferior por el asombro.

- Sí, soy un mono.

- Mmm, ¿una maldición quizá? ¿conoces tu también a los hermanos Wo?

- ... No - respondió el animal extrañado -. Soy un tibur, un mono parlanchín, me llamo Oibás.

- Vaya, encantado. Dime una cosa, ¿qué es el etnacirbul?

- Es una sustancia alucinógena usada por los Sorrodilas, una tribu indígena de esta zona.

- ¿Son caníbales?

- No, en absoluto. Sólo usan el etnacirbul con fines lúdicos. Esa sustancia provoca un estado alucinatorio profundo, de contenido muy diverso, paralelo siempre a una reacción física muy interesante: mientras la mente divaga por extraños mundos, el cuerpo de aquél que está bajo los efectos de dicha sustancia realiza un curioso baile, bastante gracioso de ver, que culmina en un desfallecimiento coincidente con el fin del viaje alucinatorio.

J volvió a dejar caer su labio inferior. Un mandril redicho le informaba de que unos indígenas le habían drogado para reírse a su costa. Sus amigos le miraban con una sonrisita burlona.

- Ha sido espectacular, muchacho. ¡Qué movimiento de pelvis! - dijo Florencio mientras los demás asentían.

El joven no se sentía humillado, sólo intentaba conseguir lo que buscaba, no se habia traicionado a si mismo en todo el camino, y si había hecho pasar un buen rato a los que le rodeaban pues mejor.

- Tus amigos me han contado que vas a la Isla Azul. Tengo algo que puede serte muy útil - dijo Oibás mientras le entregaba a J un extraño mapa -. Pero debes ponerlo a salvo del Cíclope, si llega a sus manos podrían ocurrir consecuencias nefastas.




En ese momento todos los animales y seres de la zona salieron en estampida: el Cíclope se había levantado y andaba hacia ellos, haciendo temblar la tierra a cada paso. J y sus amigos (incluido el mono parlanchín) decidieron, sin necesidad de hablar, que debían correr.

0 comentarios:

Publicar un comentario