El olor del poleo-menta inundó la estancia en pocos segundos. El vapor surgido de la tetera ondulaba y serpenteaba en el aire, y sus caprichosas formas dejaron enmudecido a J, que no podía dejar de mirar. La anciana bruja sonrió y comenzó a hablar en un idioma desconocido que el vapor se encargó de traducir para los dos atónitos asistentes.

J vio la Isla Azul. La estaba viendo nítidamente en ese mismo momento. La isla estaba aparentemente desierta. Ninguna construcción humana se observaba a vista de pájaro. Y sin embargo... había algo extraño en aquella isla que transmitía un fuerte mensaje de vida. La vida de aquel lugar podía olerse, podía tocarse. J alzó la mano hipnotizado por aquel extraordinario espectáculo, pero al acercarse a la enorme figura de vapor, ésta se desintegró.
Un caballo cabalgaba ahora sin jinete por un páramo desierto. Iba al galope, desbocado, como huyendo de algo horrible. J podía escuchar el sonido de los cascos chocando contra el suelo, las piedrecitas saltando después de cada firme pisada, el aliento y los resoplidos del caballo... todo parecía tan cercano... Empezó a sentir el viento en la cara y sus manos agarraron de forma inconsciente las crines del animal. Un horrible sonido le hizo girar la cabeza, y lo que vio detrás le hizo estremecerse y gritar de pánico.
La nube de vapor se desintegró de nuevo.
J estaba sudando y su corazón latía tan desbocado como el caballo recién desaparecido. Poco a poco, las partículas de agua comenzaron a reagruparse en el aire. Una nueva figura fue tomando forma. Las suaves curvas hicieron que J comenzase a relajarse un poco. Una joven chica estaba cazando pájaros, silbando mientras andaba para atraerlos. La chica empezó a cantar una preciosa canción que envolvió rápidamente los sentidos del joven, que no podía dejar de mirarla. Era tan bella... Sus miradas se cruzaron y sus manos entraron en contacto. Ambos movían los labios, pero no se escuchaban palabras que, sin embargo, estaban siendo pronunciadas. Sólo se escuchaba una canción, la más bella canción que J hubiese escuchado nunca. Sus labios comenzaron a acercarse, lentamente, hasta coincidir como por casualidad en el mismo punto del Universo. J suspiró y el vapor de dispersó, esta vez de forma permanente.
- Hijo, te he mostrado todo lo que necesitas saber. Ahora sabes a dónde vas. Sabes a quién buscas, y sabes por qué. Sabes que no será fácil, y es tuya la decisión de hacer que todo esto se haga real o no. Uno de los caminos te ha sido mostrado. Es el momento de vivir.
Y diciendo esto, la anciana acarició la cabeza de Floren, les sonrió y se retiró agotada.
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