J y Floren salieron de la casa-árbol de la gran Hu Wo con una extraña sensación de confort.
- ¿Vendrás conmigo? - preguntó el joven a su amigo.
- No veo otra opción, además no tengo prisa, recuerda que soy inmortal.
-Umm, muchas gracias. ¿Alguna idea de hacia dónde nos dirigimos?
Florencio dirigió su mirada hacia un punto. J miro en la misma dirección y vio un apacible elefante que parecía estar esperándoles.
Sin pensarlo fueron hasta él.
- Mi nombre es Gumersindo, suban.
- Muy amable - respondieron a la vez los dos amigos mientras Florencio subía al hombro de J y éste subía al lomo del elefante.
Una vez acomodados, comenzaron el viaje mientras el sol empezaba a ocultarse entre las copas de los árboles.
- ¡Gumersindo, no vayas tan deprisa!
Una irritante voz surgió de debajo de la oreja del elefante.
- ¿Quién ha dicho eso? - preguntó J extrañado.
- Es mi padre - contestó Gumersindo resignado.
- ¿Tu padre?
En ese momento, un diminuto elefante con el rabo naranja (rojo en sitios oscuros y con música cutre) y orejas verdes emergió de debajo de la gran oreja.

- ¡El mismo! Buenas tardes, señores. Mi nombre es Aquilino y seré su guía en este viaje. Nos dirigimos a la Isla Azul, extraño destino, poco turístico, pero encantador a su manera. Si tienen cualquier problema o duda a lo largo del viaje, no duden en preguntar y tanto mi hijo como yo estaremos encantados de atenderles.
J comenzó a salir del extraño estado de sopor en el que se encontraba y arrancó a hablar.
- Disculpe caballeeeee... elefante. ¿Cómo sabe usted que vamos a la Isla Azul? ¿Cómo puede usted ser el padre de alguien tan grande? Y lo que es aún más inquietante, ¿por qué nos hemos subido a lomos de su presunto hijo sin razón aparente, sin contacto previo entre nosotros y sin desconfiar de esos cuernos amenazantes y de esa mirada que refleja belleza y misterio al mismo tiempo?
- ¿Por qué si las cosas son sencillas nos empeñamos en hacerlas complicadas? ¿Por qué tenemos la necesidad de darle explicación a todas las cosas? Estimado joven, usted se subió a lomos de mi hijo porque en sus ojos vio que podría acercarle a su destino. Yo sé que usted va a la Isla Azul porque lo veo en sus ojos, y porque nuestro amigo común Floren me lo pidió como favor. Y lo del tamaño…¿importa eso realmente?
- Yo diría que no - respondió Florenció.
J comprendió que no era el momento de conocer la historia de Aquilino, aunque tenía la certeza de que en algún momento llegaría a conocerla… ¿Sería tal vez otro excompañero sentimental de la Gran Hu Wo?
- No, el problema lo tuve con su hermana, - respondió el pequeño paquidermo.
J lo miró sobresaltado, “¿acaso este animalejo puede leer mi mente?”, pensó temeroso.
-Así es joven, la suya y la de todo ser viviente o no viviente.
- Vaya, siento lo de animalejo. Así que usted estuvo saliendo con Petri…
- No exactamente. Yo trabajaba en el circo, como elefante, que es lo que siempre he sido. Petri se enamoró de mi “domador” , el cual era un poco…cómo decirlo…¿falto de inteligencia? Para que se haga una idea, era yo el que preparaba los números y le decía a él lo que tenía que hacer. El caso es que presenciaba muchas de las conversaciones de Petri y Eusebio (mi domador), y sabía que las intenciones de Petri no eran buenas...
- ¿Vendrás conmigo? - preguntó el joven a su amigo.
- No veo otra opción, además no tengo prisa, recuerda que soy inmortal.
-Umm, muchas gracias. ¿Alguna idea de hacia dónde nos dirigimos?
Florencio dirigió su mirada hacia un punto. J miro en la misma dirección y vio un apacible elefante que parecía estar esperándoles.
Sin pensarlo fueron hasta él.
- Mi nombre es Gumersindo, suban.
- Muy amable - respondieron a la vez los dos amigos mientras Florencio subía al hombro de J y éste subía al lomo del elefante.
Una vez acomodados, comenzaron el viaje mientras el sol empezaba a ocultarse entre las copas de los árboles.
- ¡Gumersindo, no vayas tan deprisa!
Una irritante voz surgió de debajo de la oreja del elefante.
- ¿Quién ha dicho eso? - preguntó J extrañado.
- Es mi padre - contestó Gumersindo resignado.
- ¿Tu padre?
En ese momento, un diminuto elefante con el rabo naranja (rojo en sitios oscuros y con música cutre) y orejas verdes emergió de debajo de la gran oreja.
- ¡El mismo! Buenas tardes, señores. Mi nombre es Aquilino y seré su guía en este viaje. Nos dirigimos a la Isla Azul, extraño destino, poco turístico, pero encantador a su manera. Si tienen cualquier problema o duda a lo largo del viaje, no duden en preguntar y tanto mi hijo como yo estaremos encantados de atenderles.
J comenzó a salir del extraño estado de sopor en el que se encontraba y arrancó a hablar.
- Disculpe caballeeeee... elefante. ¿Cómo sabe usted que vamos a la Isla Azul? ¿Cómo puede usted ser el padre de alguien tan grande? Y lo que es aún más inquietante, ¿por qué nos hemos subido a lomos de su presunto hijo sin razón aparente, sin contacto previo entre nosotros y sin desconfiar de esos cuernos amenazantes y de esa mirada que refleja belleza y misterio al mismo tiempo?
- ¿Por qué si las cosas son sencillas nos empeñamos en hacerlas complicadas? ¿Por qué tenemos la necesidad de darle explicación a todas las cosas? Estimado joven, usted se subió a lomos de mi hijo porque en sus ojos vio que podría acercarle a su destino. Yo sé que usted va a la Isla Azul porque lo veo en sus ojos, y porque nuestro amigo común Floren me lo pidió como favor. Y lo del tamaño…¿importa eso realmente?
- Yo diría que no - respondió Florenció.
J comprendió que no era el momento de conocer la historia de Aquilino, aunque tenía la certeza de que en algún momento llegaría a conocerla… ¿Sería tal vez otro excompañero sentimental de la Gran Hu Wo?
- No, el problema lo tuve con su hermana, - respondió el pequeño paquidermo.
J lo miró sobresaltado, “¿acaso este animalejo puede leer mi mente?”, pensó temeroso.
-Así es joven, la suya y la de todo ser viviente o no viviente.
- Vaya, siento lo de animalejo. Así que usted estuvo saliendo con Petri…
- No exactamente. Yo trabajaba en el circo, como elefante, que es lo que siempre he sido. Petri se enamoró de mi “domador” , el cual era un poco…cómo decirlo…¿falto de inteligencia? Para que se haga una idea, era yo el que preparaba los números y le decía a él lo que tenía que hacer. El caso es que presenciaba muchas de las conversaciones de Petri y Eusebio (mi domador), y sabía que las intenciones de Petri no eran buenas...
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