6 de febrero de 2009

Capítulo X: Akup y El libro Azul


J sentía inquietud. Decidió dar un paseo por el palacio para poner en orden sus pensamientos. Atravesó el salón y llegó a la biblioteca. Gruesos volúmenes polvorientos adornaban las estanterías. Echó un vistazo rápido viendo algunos títulos: "Cocina de homínidos para solteros", "101 postres con vísceras", "La nalga: cómo conseguir el punto óptimo de cocción" "Los beneficios nutritivos del hígado humano", "La carne de muslo y su uso en ensaladas"... J sintió que algo no iba bien. De pronto vio un libro que llamaba la atención por su color azul brillante, y porque no estaba polvoriento como el resto. Cogió el libro con cuidado y leyó el título: "El libro Azul". Lo abrió lentamente al tiempo que salía de su interior una hermosa mariposa de tonos azules y motas negras, que con su aleteo dejaba en el aire una estela brillante y desprendía un agradable olor a flores silvestres. J la miraba como hipnotizado...

- Buenas noches, estaba esperando que alguien abriese el libro para poder tomar un poco el aire. Muchas gracias, J.

- ¿Cómo sabes mi nombre? - preguntó el joven sorprendido.

- Lo leí en el libro. Yo soy Akup, la guardiana del "Libro Azul".

- Encantado Akup.

J miró las hojas del libro, estaban en blanco. Tenía muchas cosas que preguntar...

- ¿Cómo acabaste tú dentro del pez gigante Akup? ¿Conoces a los habitantes de este... poblado?

- Verás... El Libro Azul es un libro MUY poderoso, cuando se creó se sabía que si caía en malas manos podía resultar peligroso. Decidió esconderse en la biblioteca de un castillo abandonado, y yo fui creada para ser su guardiana y protegerlo. El castillo estaba situado junto a un acantilado, y debido al calentamiento global, el nivel del mar subió, arrastrando a la fortaleza hacia las profundidades marinas, que nos llevaron luego al río Narok, donde fuimos engullidos por el pez gigante. Cuando llegué, los habitantes del Costillar ya estaban asentados aquí, y a partir de entonces usaron el castillo para sus "prisioneros", y para celebrar fiestas privadas y concursos culinarios. Como ya has comprobado guardan aquí sus mejores libros de recetas. Nunca miran los otros libros...

- ¿Sabes quiénes son ellos? - preguntó J.

- Los verdingos son un antiguo pueblo de agricultores y campesinos que vivían tranquilos en su aldea, hasta que un malvado empresario de otra comarca se empeñó en comprar y especular con sus tierras. Ellos se negaron pues no tenían interés en su dinero, eran muy felices es aquella tierra fértil. Al no acceder a sus deseos, el malvado empresario contrató los servicios de una hechicera, que fue la que les encerró en el interior de este pez. Como aquí dentro las condiciones climáticas no son adecuadas para el cultivo de ninguna planta, se vieron obligados a convertirse al canibalismo, al principio con reticencias, luego asumiendo las circunstancias que el destino les había impuesto...

- Pero Margarita dijo que nadie antes había intentado cruzar el Narok, ¿de qué viven entonces?

- Ja, ja, ja. La orilla del Narok es MUY extensa, y Margarita no es el único alma errante que circula por allí. Te aseguro que los verdingos no pasan hambre.

- ¿Sabes en qué consiste el Tribunal de Liberación?

- Los verdingos esperan un mesías, alguien que los libere de esta forma de vida (en el fondo son buena gente), pero a día de hoy nadie ha pasado con éxito el Tribunal de liberación, porque nadie ha conseguido salir del pez.

J reflexionó toda la información recibida.

- Necesito pasar el Tribunal... Estoy buscando a alguien.

- Lo se, lo he leído en el libro.

- ¿Saldré yo del pez, Akup? ¿Cómo puedo pasar el Tribunal?

- Ahora tienes el libro, consulta las dudas que tengas. Yo no puedo decírtelo.

J miró de nuevo las hojas del libro. Todas blancas.

- ...No hay nada escrito, las hojas están en blanco.

Akup revoloteó cerca de él, como escrutándole.

- ¿Estás seguro? Tus ojos son sabios y tu corazón limpio, si prestas atención verás lo que buscas.

J se sentó en un cómodo sillón mientras la mariposa revoloteaba alegremente. El joven miró detenidamente la primera hoja del libro. Era blanca. Puso toda su atención, tras un rato vio que sobre la hoja había puntos brillantes, probablemente procedentes de las alas de Akup... Siguió observando la hoja. Los puntos cada vez brillaban con mayor intensidad, desprendían luz y calor... mucho calor. Las luces ahora parecían alargarse y ondular... eran como... llamas, ¡salían llamas del libro! J cerró las tapas de golpe, y miró sorprendido el libro, que no parecía haber sufrido daño alguno. Estaba tan exhausto que se quedó dormido con el libro en su regazo.

A la mañana siguiente (lo sabían por el reloj, porque dentro del pez parecía estar continuamente atardeciendo), cuando Florencio golpeó la cara de J para despertarlo, el joven tardó algo más de tres segundos en recordar dónde estaba.

- Muchacho, los soldados no tardarán en aparecer, ¿qué vamos a hacer? He estado toda la noche hablando con Marga, y he conseguido que recuerde algo importante: la única forma de salir del pez es abriendo una ranura en su lomo con una espada que hay colgada en la cocina del castillo. Pero, ¿cómo escaparemos de los caníbales?

J metió el libro en un bolsillo de su pantalón y se dirigió a la cocina, con Florencio en su hombro y seguido de Akup, mientras escuchaban las voces de los soldados. La pared de la cocina era blanca, y en ella había colgadas cerca de un centenar de espadas distintas. Akup se posó en una de ellas.

- Muchas gracias - le dijo J mientras cogía dicha espada.

Los tres regresaron al salón donde Gumersindo y Aquilino forcejeaban con los soldados ante la resignada mirada de Margarita, que pareció alegrarse al verles aparecer. J escondió su espada, no tenía intención de luchar contra los soldados, así que él y sus amigos fueron conducidos a una tribuna situada en mitad de la plaza principal del pueblo, donde esperaban con gran espectación todos los lugareños.

J comenzó a sentir mucho calor. En realidad todo el mundo estaba sudando. La temperatura parecía aumentar por momentos de forma alarmante.

- Escuchadme, por favor - dijo J levantándose-. Puedo ayudaros a ser libres. Puedo hacer que recuperéis vuestra vida anterior.

Los habitantes comenzaron a murmurar entre ellos. El joven continuó hablando:

- Conozco cuál es vuestro origen, ¿no queréis volver a recuperarlo?

- No ze puede zalir del pez. Ya lo hemoz intentado joven. No hay manera alguna - dijo el Alcalde mientras se aflojaba la corbata.

La temperatura parecía seguir subiendo. Las mujeres se abanicaban con ansiedad.

J mostró su espada.

- Esta espada SÍ puede atravesar la piel del pez. Podremos salir de aquí y volver a ser libres.

Algunos hombres murmuraban: "¡Es el Mesías!", otros le miraban con cara de escepticismo y gula.

- Sólo os pido que lo intentemos, no se pierde nada. Si no lo conseguimos podéis comerme y santas pascuas. Si sale bien podréis comenzar una nueva vida al otro lado del río.

Tras unos instantes de revuelo y algarabía, los habitantes del Costillar decidieron intentarlo. Fueron todos al puerto y montaron en el espacioso buque de guerra. Tenían que llegar a una de las paredes del gran pez, para poder abrir una brecha en su lomo y huir. Había un fuerte oleaje y la temperatura seguía subiendo. El líquido digestivo en el que navegaban comenzó a evaporarse, hasta que el barco quedo apoyado entre el suelo y una pared estomacal del pez. J salió del barco para poder abrir la ranura.

- Zi abre uzted una ranura en el lomo del pez, el agua del río entrará con tanta fuerza que moriremoz ahogadoz.

- Algo me dice que ya no estamos en el río - dijo J mientras clavaba su espada en la piel del pez. "Lo siento", continuó diciendo bajito, aunque el pez ya no podía oírle.

Cuando hubo abierto una ranura de tamaño considerable, invitó a los lugareños a abandonar su encierro. El calor en el exterior era insufrible. De manera ordenada, fueron saliendo del cuerpo del animal, atravesando una especie de pasarela o puente de madera situado sobre llamas gigantes. Gumersindo llevaba sobre su lomo a los niños y las ancianitas más torpes. Se vivieron momentos de tensión por las fuertes temperaturas. Al final de la pasarela había un pequeño precipicio. Uno de los aldeanos llevaba en su hombro una cuerda que ataron al extremo del puente y por ella fueron bajando, de uno en uno, hasta que todos alcanzaron el suelo. Todos menos Gumersindo, que no era capaz de bajar por una cuerda suspendida en el aire. J volvió a escalar la cuerda, no sin un esfuerzo considerable, agravado por el calor asfixiante. El joven montó sobre el lomo del elefante y sujetó con las manos sus orejas, para que éstas actuasen como paracaídas. El paquidermo aterrizó en el suelo con bastante suavidad, si bien se tambaleó un poco y se sintió mareado.

Ya con más distancia, después de correr durante un largo rato para alejarse de las llamas, observaron atónitos la escena: sentado en el suelo, un cíclope de tamaño descomunal sostenía sobre el fuego al gran pez de tres ojos, atravesado por un palo.



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