J sentía inquietud. Decidió dar un paseo por el palacio para poner en orden sus pensamientos. Atravesó el salón y llegó a la biblioteca. Gruesos volúmenes polvorientos adornaban las estanterías. Echó un vistazo rápido viendo algunos títulos: "Cocina de homínidos para solteros", "101 postres con vísceras", "La nalga: cómo conseguir el punto óptimo de cocción" "Los beneficios nutritivos del hígado humano", "La carne de muslo y su uso en ensaladas"... J sintió que algo no iba bien. De pronto vio un libro que llamaba la atención por su color azul brillante, y porque no estaba polvoriento como el resto. Cogió el libro con cuidado y leyó el título: "El libro Azul". Lo abrió lentamente al tiempo que salía de su interior una hermosa mariposa de tonos azules y motas negras, que con su aleteo dejaba en el aire una estela brillante y desprendía un agradable olor a flores silvestres. J la miraba como hipnotizado...
J miró las hojas del libro, estaban en blanco. Tenía muchas cosas que preguntar...
- Los verdingos son un antiguo pueblo de agricultores y campesinos que vivían tranquilos en su aldea, hasta que un malvado empresario de otra comarca se empeñó en comprar y especular con sus tierras. Ellos se negaron pues no tenían interés en su dinero, eran muy felices es aquella tierra fértil. Al no acceder a sus deseos, el malvado empresario contrató los servicios de una hechicera, que fue la que les encerró en el interior de este pez. Como aquí dentro las condiciones climáticas no son adecuadas para el cultivo de ninguna planta, se vieron obligados a convertirse al canibalismo, al principio con reticencias, luego asumiendo las circunstancias que el destino les había impuesto...
J metió el libro en un bolsillo de su pantalón y se dirigió a la cocina, con Florencio en su hombro y seguido de Akup, mientras escuchaban las voces de los soldados. La pared de la cocina era blanca, y en ella había colgadas cerca de un centenar de espadas distintas. Akup se posó en una de ellas.
- Muchas gracias - le dijo J mientras cogía dicha espada.
Los tres regresaron al salón donde Gumersindo y Aquilino forcejeaban con los soldados ante la resignada mirada de Margarita, que pareció alegrarse al verles aparecer. J escondió su espada, no tenía intención de luchar contra los soldados, así que él y sus amigos fueron conducidos a una tribuna situada en mitad de la plaza principal del pueblo, donde esperaban con gran espectación todos los lugareños.
J comenzó a sentir mucho calor. En realidad todo el mundo estaba sudando. La temperatura parecía aumentar por momentos de forma alarmante.
- Escuchadme, por favor - dijo J levantándose-. Puedo ayudaros a ser libres. Puedo hacer que recuperéis vuestra vida anterior.
Los habitantes comenzaron a murmurar entre ellos. El joven continuó hablando:
- Conozco cuál es vuestro origen, ¿no queréis volver a recuperarlo?
- No ze puede zalir del pez. Ya lo hemoz intentado joven. No hay manera alguna - dijo el Alcalde mientras se aflojaba la corbata.
La temperatura parecía seguir subiendo. Las mujeres se abanicaban con ansiedad.
J mostró su espada.
- Esta espada SÍ puede atravesar la piel del pez. Podremos salir de aquí y volver a ser libres.
Algunos hombres murmuraban: "¡Es el Mesías!", otros le miraban con cara de escepticismo y gula.
- Sólo os pido que lo intentemos, no se pierde nada. Si no lo conseguimos podéis comerme y santas pascuas. Si sale bien podréis comenzar una nueva vida al otro lado del río.
Tras unos instantes de revuelo y algarabía, los habitantes del Costillar decidieron intentarlo. Fueron todos al puerto y montaron en el espacioso buque de guerra. Tenían que llegar a una de las paredes del gran pez, para poder abrir una brecha en su lomo y huir. Había un fuerte oleaje y la temperatura seguía subiendo. El líquido digestivo en el que navegaban comenzó a evaporarse, hasta que el barco quedo apoyado entre el suelo y una pared estomacal del pez. J salió del barco para poder abrir la ranura.
- Zi abre uzted una ranura en el lomo del pez, el agua del río entrará con tanta fuerza que moriremoz ahogadoz.
- Algo me dice que ya no estamos en el río - dijo J mientras clavaba su espada en la piel del pez. "Lo siento", continuó diciendo bajito, aunque el pez ya no podía oírle.
Cuando hubo abierto una ranura de tamaño considerable, invitó a los lugareños a abandonar su encierro. El calor en el exterior era insufrible. De manera ordenada, fueron saliendo del cuerpo del animal, atravesando una especie de pasarela o puente de madera situado sobre llamas gigantes. Gumersindo llevaba sobre su lomo a los niños y las ancianitas más torpes. Se vivieron momentos de tensión por las fuertes temperaturas. Al final de la pasarela había un pequeño precipicio. Uno de los aldeanos llevaba en su hombro una cuerda que ataron al extremo del puente y por ella fueron bajando, de uno en uno, hasta que todos alcanzaron el suelo. Todos menos Gumersindo, que no era capaz de bajar por una cuerda suspendida en el aire. J volvió a escalar la cuerda, no sin un esfuerzo considerable, agravado por el calor asfixiante. El joven montó sobre el lomo del elefante y sujetó con las manos sus orejas, para que éstas actuasen como paracaídas. El paquidermo aterrizó en el suelo con bastante suavidad, si bien se tambaleó un poco y se sintió mareado.
Ya con más distancia, después de correr durante un largo rato para alejarse de las llamas, observaron atónitos la escena: sentado en el suelo, un cíclope de tamaño descomunal sostenía sobre el fuego al gran pez de tres ojos, atravesado por un palo.
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