27 de junio de 2009
Capítulo XX: El encuentro
"Somos los viajeros de una travesía cósmica, polvo de estrellas danzando y girando. En las corrientes y los torbellinos del infinito la vida es eterna, pero las expresiones de la vida son efímeras, momentáneas, transitorias. Nos hemos detenido momentáneamente, para encontrarnos unos a otros, para conocernos, amar y compartir. Este es un momento precioso pero transitorio, es un pequeño paréntesis en la eternidad."
Su campo visual se tornó borroso cuando Alicia y Socorro, las lágrimas más rápidas que habitaban sus lagrimales, decidieron salir a la superficie. A través de sus traslúcidos cuerpos, J observaba de nuevo la imagen de aquel mágico ser que le había hechizado como sin querer, con la naturalidad de quien ignora que un simple gesto suyo ha cambiado completamente el Universo de otros. Cinco segundos más tarde, una vez asumida la presencia de la joven, el intenso dolor volvió a atenazarle...
Después de tres días de viaje soportando las inverosímiles historias de Klantor, el cochambroso barco llegó a un viejo puerto que se mantenía a flote a duras penas en el noreste de la isla. Durante el viaje, J intentó sonsacar información a Klantor sobre la Isla Azul y sobre la existencia de un caracol gigante, pero fue imposible arrancar al pirata de su bucle de rocambolescas historias.
El pequeño puerto estaba desierto y a lo lejos se distinguía una oscura masa de árboles.
- Quizás allí encontremos ayuda...
Así que partieron tras despedirse de Klantor con un apretón de garfios y un brindis en el que sólo bebió uno.
- ¡Hijo, aprieta más fuerte!
Gumersindo cerró con mayor fuerza su trompa alrededor de la pierna de J, y la sangre dejó de brotar por unos instantes. J gritó.
- ¡Necesitamos un médico! ¡Chica! ¿Dónde podemos llevarle?
S se acercó al herido y, sin dejar de mirarle a los ojos, acarició su frente. Con una mirada de la chica y un ligero roce en la trompa, sin necesidad de palabras, Gumersindo apartó su enorme nariz de la pierna, que volvío a sangrar profusamente. La mano de la muchacha se introdujo hábilmente en la herido con un rápido movimiento. J volvió a gritar, esta vez con más fuerza que antes.
El bosque era extrañamente denso y los árboles, aunque inmóviles, daban al observador cierta sensación de movimiento rítmico.
- ¿Entramos?
- Entremos.
El silencio en el bosque era, literalmente, asfixiante. Parecía como si aquellos extraños árboles hubiesen absorbido el aire del mundo para guardarlo en una especie de repliegue húmedo y rugoso que todos tenían en el tronco, y que se hinchaba y deshinchaba lentamente.
- ¿Qué diablos es eso? - pregunto el pequeño elefante con repugnancia.
- No lo sé, pero este sitio no me gusta. Deberíamos volver, muchacho.
- No podemos retroceder... intentaré hablar con alguno de estos árboles.
J se acercó a un extravagante abedul (cuyo idioma conocía) y, poniendo una mano en su tronco e inclinando la cabeza, comenzó a hablar.
Después de diez segundos eternos1, S sacó la mano de la enorme herida infringida en el muslo derecho del joven mostrando un pequeño y repugnante ser que gritaba con chirriante y afilada voz.
- ¡Por las barbas de la Gran Hu Wo! ¿Qué diantres es eso? - gritó Florencio estremecido.
- Es una cría de djinn. Alejaos, por favor.
S sacó una fina vara y dibujó una extraña figura en el suelo de arena, colocando al engendro en el centro. Al instante, el djinn dejó de moverse y de gritar para alivio de todos. La chica metíó un pañuelo el la boca de la cría, impregnándolo con su saliva. Luego, con suavidad pero con firmeza, cubrió la herida de J con el pañuelo e improvisó un vendaje con una de sus mangas, que había arrancado previamente sin contemplaciones.
- Te pondrás bien, no te preocupes - dijo acariciando la frente del herido.
- Hola amigo. No pretendo molestarte, pero necesito tu sabio consejo. ¿Puedo interrumpir tu sueño para formular una sencilla pregunta?
J obtuvo silencio como respuesta, así que insistió.
- Amigo, ¿me escuchas? Necesitamos tu inestimable ayuda para encontrar a alguien. Estoy seguro de que puedes ayudarnos.
La copa del abedul se movió ligeramente, y la extraña bolsa se hinchó más de lo normal.
- ¿Qué dice?
- Creo que quiere ayudarnos...
La bolsa siguió creciendo y tensándose hasta alcanzar el tamaño de una sandía. J comenzó a apartarse por el efecto patata caliente, pero siempre manteniendo contacto físico con el abedul.
- BURRARRUMMMMM
- ¡Va a ayudarnos! ¡Gracias amigo! ¡No sabes lo feliz que...!
La bolsa estalló sin dar tiempo a J a acabar la frase. J cayó de rodillas, debido al impacto psicológico que acababa de sufrir y al desbordante dolor que sentía en su pierna derecha. Cuando vio brotar la sangre de su muslo todo empezó a girar a su alrededor, las voces de sus amigos eran cada vez más lejanas y las formas se iban tornando cada vez más difusas y oscuras hasta que poco a poco se sumió en la más completa oscuridad, justo al tiempo en que su cuerpo caía contra el suelo en toda su extensión.
Veinte dits2 más tarde, J abrió los ojos. El sol brillaba como nunca. Estaba sentado sobre el césped, rodeado de sus amigos y otra figura que le resultaba muy familiar… ¡era ella! ¡La joven que le tiró la piedra para evitar que mordiera a Florencio! ¡Estaba a sólo medio metro de él!
Algo malo ocurría. Las extrañas aves de la isla volaron en estampida. Los extraños simios que antes descansaban o se desparasitaban tranquilamente comenzaron a correr despavoridos, saltando por las copas de los árboles y usando las lianas para impulsarse. Las jirafas de dos cabezas (con sus respectivos cuellos) y sus primas lejanas (las jirafas-cangrejo) trotaban alocadamente en la misma dirección, al igual que otros curiosos y peculiares animales. El cielo comenzó a oscurecerse. Todos entendieron que estaban en peligro. La naturaleza es sabia, así que debían seguir a aquellos animales antes de que fuera tarde. El grupo comenzó a correr. S, viendo que J cojeaba aún y que se estaban quedando rezagados, ayudó al joven a montar en uno de los curiosos caballos desbocados que participaban en aquel repentino éxodo, después ella montó en otro, para no quedar atrás. J podía escuchar el sonido de los cascos chocando contra el suelo, las piedrecitas saltando después de cada firme pisada, el aliento y los resoplidos del caballo…Empezó a sentir el viento en la cara y sus manos agarraron de forma inconsciente las crines del animal. Un horrible sonido le hizo girar la cabeza, y lo que vio detrás le hizo estremecerse y gritar de pánico: un caracol de dimensiones descomunales avanzaba hacia ellos, babeando todo a su paso y moviendo sus enormes tentáculos (del tamaño de dos torres de dos plantas), en cuyos extremos brillaban dos esferas oculares blanquecinas. El caracol era ciego (y algo bizco).
S hizo una señal con el brazo para que la siguieran y, torciendo bruscamente hacia la izquierda, se metieron en el interior de una cueva escondida entre la maleza, aunque de tamaño considerable. Dentro de la cueva flotaba una intensa niebla azul. Desde allí vieron pasar y alejarse al caracol gigante. Estaban a salvo. Al menos de momento. Gumersindo se sentó resoplando por el cansancio. Aquilino, Florencio y Margarita estaban mas descansados porque habían viajado montados a lomos de Gumersindo, aunque todavía tenían el pulso acelerado por el miedo los primeros, y le castañeaban los huesos a ella debido al sobresalto.
S miró fijamente a J. J la miró y balbuceó:
- Ho… ¡Hola!
J se sonrojó, lo que unido a la intensa luz azul le hizo parecer morado por unos instantes.
Al no recibir respuesta, continuó hablando.
- ¿Cómo estás…? Te he echado TANTO de menos… Verás, sé que no nos conocemos mucho, pero por alguna razón también sé que nacimos para encontrarnos…
Después de pronunciar con dificultad las palabras que llevaba semanas ensayando, las lágrimas comenzaron a deslizarse por su cara. Silencio por respuesta.
- ¿Por qué te fuiste? ¿Sabes lo que he pasado para encontrarte? ¿Tienes idea de lo que he pasado?
El brillo en los ojos de S le hizo comprender que ella también le había echado MUCHO de menos, que ella le había estando esperando, que ella había estado buscándole también.
La figura se acercó y ambos se fundieron en un apasionado abrazo. Por un instante, y por primera vez en su vida, J dejó de pensar.
Simultáneamente, y medio Kilofrungo a sus pies, en el mundo subterráneo de los Diminutos de Robledillo (seres de dimensiones ínfimas pero con apariencia humanoide), dos jóvenes diminutos se daban su primer beso subidos a una tapia para escuchar el concierto que daba uno de sus paisanos, con motivo de las fiestas locales.
http://www.youtube.com/watch?v=EkIidzxL-iA
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NOTA DE LA AUTORA
2. Dit es una unidad de medida subjetiva e indeterminada del tiempo: puede equivaler a un infinito experienciado, aunque constituya sólo unos minutos de tiempo real.
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Capítulo 20
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