"Tú eres lo que amas, no lo que te ame."
El ladrón de orquídeas.
Cinco días y siete horas. Siete mil seiscientos veinte minutos. Cuatrocientos cincuenta y siete mil doscientos segundos. Esa fue la cantidad exacta de tiempo que aguantó Dientecillos sin desfallecer en su solitaria travesía por el desierto, sin comida ni agua, en busca de algo.
En busca de ALGO.
- Hola, Dientecillos.
- Hola.
El pequeño miró con interés al desconocido. Parecía un perrillo Kunyen, pero iba vestido de forma extraña. Su colorida peluca le hizo sonreír.
- ¿Quién eres?
- ¿A quién buscas?
Dientecillos meditó unos instantes.
- No lo sé... - contestó con una tímida sonrisa.
- Creo que puedo ayudarte a descubrirlo. ¿Quieres que te ayude?
- ¡Claro! - dijo el pequeño. Sus ojos brillaban de emoción. Era la primera vez que alguien distinto de sus padres se mostraba tan amable con él.
- Ven conmigo.
Dientecillos siguió al desconocido dando saltitos. Después de atravesar un par de nubes, llegaron a una zona desértica. Un pequeño perrillo Kunyen yacía moribundo entre dos enormes dunas.
- ¿Reconoces a ese perrillo?
Después de meditar unos segundos, la respuesta fue...
- No.
- Ese perrillo se llama Dientecillos. Dientecillos Joe McGregor.
- ¡Soy yo! ¡Es cierto! - gritó sonriendo emocionado -. ¡Qué guay! ¿Cómo lo haces?
- Si te soy sincero, no lo sé...
- ¿Puedo tocarte la nariz?
- Jajajaja. Claro, adelante.
Dientecillos se acercó y apretó suavemente el esférico apéndice rojo.
¡¡¡MEEEEEECK!!!
Ambos rieron durante un rato. Cuando acabaron de reir, el curioso personaje empezó a hablar con voz paternal:
- Te mueres, pequeño.
- Ya...
- Sé que eres muy joven, pero llegado este momento todo el mundo debe tomar una decisión. Y es de las importantes... ¿Quieres seguir viviendo?
El pequeño perrillo se mostró pensativo durante unos minutos.
- ¿Es la vida siempre así? ¿No hay nada más? ¿Nada bonito?
- La vida es dura. Muy dura, a veces. Pero también hay cosas preciosas.
- ¿Merecen la pena?
- Eso es lo que tú debes decidir...
Dientecillos sonrió.
- Eres divertido. Me gustas - dijo mientras abrazaba al peculiar ente -. Quiero ver esas cosas. Elijo vivir.
- Pocos son los que eligen ese camino... Eres valiente. Volveremos a vernos, pequeño.
- ¡No te vayas! ¡Te echaré de menos! - grito, abrazándole más fuerte.
- Tranquilo. En diez segundos no te acordarás de mí. Te lo prometo.
- Sí, sí que me acordaré... te lo prometo.
El curioso personaje sonrió, acarició la pequeña y peluda cabeza de Dientecillos y frotó uno de sus anillos...
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