9 de marzo de 2009

Capítulo XIV : Lágrimas


Cada lágrima enseña a los mortales una verdad.



J y sus amigos descansaron unos días en la aldea de los Tibur, aceptando la hospitalidad de Oibás y de sus familiares y amigos
. Durante ese tiempo, Oibás mostró a J cómo llegar a la Isla Azul, que estaba a tan solo dos jornadas de distancia. En cuanto J supo de la cercanía de aquella bendita Isla, decidió partir. Al amanecer del cuarto día la expedición continuó su camino, y J se despidió con lágrimas en los ojos de aquellos simpáticos y acogedores monitos. La sucesión de acontecimientos de las últimas semanas habían "raspado completamente su cascarón" dejando sus sentimientos a flor de piel, y ahora lloraba constantemente por cualquier detalle. A lo largo de ese día lloró al ver posarse una mariposa en el lomo de Gumersindo, lloró al ser abrazado de forma amistosa por Margarita, lloró al ser golpeado con fuerza por el bastón de Florencio (que le golpeó por llorar tanto) y lloró mientras cortaba las cebollas de la comida.

- ¿Qué te pasa, chico? - preguntó Florencio después de comer -.
No haces más que llorar como una nenaza...
- No lo sé (snif) - respondió J sollozando.
- ¿Pero por qué lloras?
- La cebolla (snif), supongo (snif) (snif)
- Lo que el chico necesita es reírse un poco - dijo Aquilino-. Escucha este chiste.
¿Qué le dijo el elefante a un hombre desnudo?


Aquilino hizo una pequeña pausa, con una sonrisa creciente.

- ¿¡Cómo puedes respirar por una trompa TAN pequeña!? ¡¡Jaaaaaaaaaaaajajajajajajaja!!

La gracia del chiste sumada a la contagiosa risotada del pequeño elefante hizo que todos (menos J) se partieran de risa.

J rompió a llorar.

- Vaya, no te ha gustado... Otro, otro. ¿Cuál es el organo sexual de un elefante?


Florencio comenzó a reirse antes de que Aquilino completase el chiste.

- Su pie... si te pisa, ¡te jode! Jaaaaaaaaaaaajajajajajajajajaaja. Jaaaaaaaaaajajajajjajaja...


Ahora todos estaban llorando y retorciéndose por el suelo. J no pudo evitar sonreír mientras lloraba.

Los chistes continuaron toda la tarde y pronto anocheció, de modo que decidieron pasar la noche donde estaban.

El día siguiente J lloró sólo un par de veces: después de un pisotón de Gumersindo (lo que provocó carcajadas de más de media hora en varios de los miembros de la expedición) y al vislumbrar la Isla Azul a lo lejos.

- ¡Está ahí! ¡Hemos llegado! ¡Lo hemos conseguido! ¡Vamos, daros prisa!

A J se le pasaron de repente las ganas de llorar.

- Tranquilo hijo. Ya es de noche. Deberíamos acampar aquí
- Ooooooh... ¡vamos! ¡Estamos al lado! ¿Vamos a quedarnos aquí?
- ¿Qué prisa tienes?
- Haced lo que queráis... ¡Yo me voy!

J se sentía mal por lo que estaba haciendo, pero no podía más. Avanzó firmemente, contando los pasos para evitar arrepentirse de su decisión.

.oO ...siete, ocho, nueve, diez,...

- ¡Vamos, chico! ¡Se razonable!

.oO ...dieciocho, diecinueve, veinte, veinti... ¡Auuu!

Una piedrecita golpeó a J en la cabeza. Había dolido, pero en su cara, en lugar de lágrimas, se dibujó la sonrisa más grande de la historia, batiendo el mítico record que hasta entonces ostentaba el famoso Dientecillos Joe McGregor...

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