2 de marzo de 2009

Capítulo XIII: Azul


Si azul es el misterio más profundo, azules son las almas.



La oscuridad de la cueva no permitía a J ver más allá de sus propias narices. Tampoco escuchaba nada que no fuesen sus jadeos o los latidos de su propio corazón, acelerado después de la larga huida. Cansado, se dejó caer al suelo, donde permaneció tumbado unos minutos. La vida era tan extraña... Dos semanas atrás era un hombre totalmente libre, cuya mayor preocupación era la de decidir qué comería esa tarde o en qué árbol dormiría por la noche. Todo era TAN simple... Y entonces apareció ella, con una pedrada en la cabeza. ¡Qué metafórico! Desde que la conoció, su vida corría peligro cada día. La incertidumbre era constante, los golpes continuos y los riesgos innumerables. Y sin embargo, ¡era feliz! ¡Mucho más feliz que antes! Sólo había una cosa que perturbaba su estado de ánimo. Sólo aquel pensamiento le había hecho dudar hasta ahora. ¿Y si no la encontraba? ¿Y si llegaba a la Isla Azul y ella no estaba allí? Esa idea era un alfiler que se le clavaba continuamente en la entrepierna.


La oscuridad comenzó a disiparse, como huyendo de una extraña luz azul que venía del fondo de la cueva. J se sintió profundamente atraído por aquella luz y, absorto, se levantó y comenzó a caminar. Cada paso hacia la luz le hacía sentirse un poco mejor, un poco más seguro, un poco más azul. Aquella luz le envolvía, le abrazaba. Siguió acercándose a la fuente de aquella hipnótica azulidad hasta que comenzó la caída...

La sensación inicial fue de miedo. Se asustó por estar cayendo de repente, como nos pasa a todos al tropezar. Después de cinco segundos sin tocar el suelo comenzó a temer por su vida. Empezó a ver imágenes de su infancia, de sus amigos y de la bella joven que, al parecer, iba a costarle la vida (algo que ya había asumido a base de golpes). Los segundos pasaban y J caía cada vez más rápido, atraído con frenesí por la gravedad del Gran Sombrero.

Como cualquier persona medianamente culta sabe, la Tierra tiene forma de sombrero. El descubrimiento se dio como consecuencia de un experimento realizado por los científicos de la Isla Mapache, que consistió en la construcción un espejo gigante que colgaron de la luna con una larga cuerda1. Gracias a dicho espejo, los Mapuchos pudieron ver la forma real del planeta. La Tierra no era un mapache gigante como defendían los clérigos de la isla, sino un enorme sombrero que flotaba en lo que, aparentemente, era una gigantesca superficie fluida.

Después de diez minutos de caída J se dio cuenta de que algo fallaba y dejó de preocuparse por su propia muerte. En ese mismo instante, una bella silueta comenzó a dibujarse en la azulidad del entorno.

¡Era ELLA!

Por segunda vez en su vida, su corazón comenzó a latir al ritmo de "Quizás, quizás, quizás" y en su boca se dibujó una tonta sonrisita.

- Ho... ¡Hola!

J se sonrojó, lo que unido a la intensa luz azul le hizo parecer morado por unos instantes.

Al no recibir respuesta, continuó hablando.

- ¿Cómo estás...? Te he echado TANTO de menos... Verás, sé que no nos conocemos mucho, pero por alguna razón también sé que nacimos para encontrarnos...

Después de pronunciar con dificultad las palabras que llevaba semanas ensayando, las lágrimas comenzaron a deslizarse por su cara. Silencio por respuesta.

-
¿Por qué te fuiste? ¿Sabes lo que he pasado para encontrarte? ¿Tienes idea de lo que he pasado?

La figura se acercó y ambos se fundieron en un apasionado abrazo. Por un instante, y por primera vez en su vida, J dejó de pensar.








































































- Ponte de pie.
- ¿Cómo? - dijo J secándose las lágrimas.
- Ponte de pie, chico.

La dulce voz que pronunció la frase por primera vez no era la misma que la de la segunda vez, que le recordaba vagamente a alguien que conocía.

- ¡Chico! ¿Estás bien? Tenemos que irnos. El cíclope se ha alejado bastante y tenemos tiempo para escapar.

J terminó de limpiarse las lágrimas y se levantó. Se había hecho de día y la oscuridad ya no invadía completamente la cueva. Estaba cansado y dolorido, pero tenía un camino que recorrer. Y cada vez estaba más seguro de algo...

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Nota del autor
1. El procedimiento que siguieron los científicos para colgar el espejo de la luna es explicado detalladamente en la obra "¿Usan los Mapaches sombrero?" del sabio Gran Maestre Mapucho Ojeras Joe Klimt, que puede encontrarse en cualquier biblioteca.

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