30 de enero de 2009
Capítulo IX: El Costillar
"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida."
Cientos de personas se agolpaban en el puerto de El Costillar, donde se había declarado día de fiesta para recibir a los recién llegados. Nubes de confeti eran disparadas en dirección al barco al ritmo de Paquito el Chocolatero, que estaba siendo lúcidamente interpretado por la banda del pueblo y bailado con jolgorio por niños y adultos.
- ¡Bienvenidoz a "El Coztillar"!
Un hombrecillo de baja estatura y complexión de tonelete, que portaba con orgullo una ancha banda de "Alcalde" y sostenía en alto un candil, les daba la bienvenida a grito pelao.
Margarita pronunció una extraña palabra y una puerta del barco se abrió, extendiendo al mismo tiempo una pasarela hasta el muelle. Todos bajaron del barco algo confusos, respondiendo con tímidos saludos lo vítores de la gente.
- ¡Acompáñenme, por favor! ¡Eztarán canzadoz! Lez llevaré hazta zuz apozentoz y allí podrán dezcanzar antez de declarar ante el Tribunal de Liberación.
- ¿Tribunal de qué?
- ¡Oh! No ze preocupen, mañana lez ezplicaré loz detallez.
Y así, los cinco recién llegados, escoltados por numerosos soldados, siguieron a aquel "curiozo perzonaje" hasta la entrada de un pequeño palacio.
- Eztán en zu caza.
- Pero..
- ¡Coman, beban y dezcanzen! - dijo el alcalde mientras los soldados cerraban la puerta.
- ¡Pero...!
PLUMMM. La puerta quedó herméticamente cerrada.
- Interesante... - dijo J acariciándose la perilla -. ¿Sabes algo de todo esto?
Los elefantes comenzaron a curiosear. Aquilino miraba los cuadros de las paredes del palacio mientras Gumersindo se centraba en las enormes cantidades de comida. Florencio seguía a lo suyo, moviéndose libidinosamente entre las costillas de Margarita, que parecía no enterarse mucho.
- BUENO... EN MIS TRES MESES COMO BECARIA ME CONTARON UNA LEYENDA QUE TENÍA QUE VER CON UN PEZ GIGANTE.
Diez segundos de silencio.
Paco estaba sentado en su casa viendo una película con María (su mujer) cuando el busca comenzó a sonar.
- Pero Paco, por Dios... ¿otra vez? ¡Estoy harta!
- ¡Mari, sabías cuál era mi trabajo al casarte conmigo...! ¿Te crees que a mí me gusta estar todo el día de acá para allá? - dijo Paco poniéndose el paracaídas.
- Si mi madre tenía razón...
- ¡Tenía que salir a escena la bruja de tu madre!
Paco sacó su inhalador y lo usó dos veces. Después, al ver la cara de tristeza de María, se acercó y la besó. Ella abrió la ventana.
- Suerte, cariño - dijo con una lágrima en la cara.
- Te quiero - dijo Paco antes de coger carrerilla y saltar. Esta vez tenía que buscar a una tal Margarita...
- ES QUE... VERÁS... NO PRESTÉ MUCHA ATENCIÓN - dijo Margarita, que se habría ruborizado si eso fuera posible.
Paco salió de nuevo corriendo, esta vez con un mensaje algo más largo. María desistió, apagó la tele y se fue a la cama.
J respiró hondo tres veces antes de hablar:
- Bien. Mantengamos la calma. ¿No recuerdas ningún detalle sobre la leyenda?
- BUENO, HABÍA ALGO SOBRE UN PUEBLO ENCERRADO... ¡AH, SÍ! Y UN MESÍAS, O ALGO ASÍ...
- ¿Un mesías que llegaría para liberar al pueblo?
- HMMMM, NO ME SUENA... ESPERA...
Mientras Margarita rebuscaba en su túnica, Aquilino y Gu siguieron avanzando en su exploración, que ahora también incluía la recolección de joyas en un pequeño saquito. Florencio empezó a gemir ligeramente.
Después de cinco minutos, la ósea dama encontró una pequeña nota:
- AQUÍ ESTÁ: "NO ACERCARSE AL PEZ GIGANTE. EN CASO DE SER INGERIDOS ACCIDENTALMENTE, NO ACERCARSE AL PUERTO. PUEBLO DE CANÍBALES."
- Eso SÍ es interesante, ¿verdad, chico? - dijo Florencio asomándose por uno de los ojos de Margarita.
- Lo es, sin duda. Lo es...
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